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Si queremos buscarle un principio a nuestras
raíces podemos empezar a revivir desde comienzos de los
años veinte. En ese entonces la firma Stablissements Steverlynck
exportaba telas hacia la Argentina desde sus fábricas
de Bélgica. Hasta que en 1923 el gobierno argentino, les
puso altos impuestos a los productos importados, para favorecer
a la producción interna y la introducción de maquinarias
al país. Fue por eso que a la empresa belga, no le quedó
otro remedio que abrir una filial en el país. Para ello,
la familia Steverlynck mandó a Julio, uno de sus hijos,
para que se hiciera cargo del nuevo emprendimiento.
El joven entusiasta llegó
al país en 1924 y fundó en Valentín Alsina
la Algodonera Sudamericana Flandria S.A. que más tarde
se llamaría Algodonera Flandria S.A.
Pero luego de esta primera
escala en el país, Julio se decidió trasladar la
empresa a un lugar menos urbanizado que le permitiese llevar
a cabo su idea de crear una fábrica con vida social propia.
En su búsqueda, Steverlynck tuvo en cuenta el dato de
la existencia de unas viejas instalaciones harineras a pocos
kilómetros de la Basílica de Luján, a orillas
del río, donde también había funcionado
una empresa textil, y para no dejar nada al azar decidió
ir a ver en persona a aquel lugar. Una vez allí, se encontró
con un inmenso descampado con dos ferrocarriles, rutas cercanas,
abundante agua y una futura fuente de energía hidráulica
en el río, donde se hallaba un viejo molino que años
atrás había pertenecido a la familia Jáuregui.
Enseguida comprendió que ese era el lugar ideal para darle
vida a su proyecto.
En un principio se instaló en el molino, que ya poseía
infraestructura motriz. Y a partir de ese momento comenzó
con su increíble obra, que no fue una simple fábrica,
sino que además supo crear una comunidad modelo
aislada de las áreas urbanas. Por eso hacemos hincapié
en que no es casual que hoy vivamos en un pueblo aislado del
ruido y del desorden, y que cada vez que salgamos de Jáuregui,
lo queramos aún más. Pero no nos desviemos de la
historia.
En su fábrica, Don Julio, le dio trabajo a una gran cantidad
de inmigrantes, en su mayoría italianos y españoles,
que escapaban de la Guerra. Y a base de buenos sueldos y reconociendo
una serie de derechos sociales, como las ocho horas diarias,
el salario familiar o la licencia por casamiento, fue moldeando
a gusto a su pueblo. Nuestro pueblo.
Con la fábrica
ya instalada, unos años después, se comenzaron
a lotear los predios de los alrededores de la Algodonera, con
preferencia a los obreros a los cuales se les otorgaban créditos
a largo plazo para la construcción de sus viviendas, sin
ninguna clase de interés.
Al mismo tiempo que se iban levantando las primeras casas, fue
plantando árboles en toda la Villa, los cuales le dieron
más vida y color al lugar.
Con
el fin de fomentar el deporte y el trabajo en equipo, Don Julio
les dio el visto bueno a los trabajadores de la Algodonera, para
que jugaran al fútbol en sus ratos libres, en la cancha
que habían armado en el sector de hilandería. Con
una bandera amarilla y negra como símbolo, los empleados
formaron un equipo y disputaron sus primeros partidos contra
el club Jáuregui Juniors.
Al compás de la fábrica, el pueblo también
avanzaba año a año: Se inauguró la primera
iglesia, la Cooperativa Obrera de Consumos, la biblioteca, el
Colegio San Luís Gonzaga, el Club Ciclista "El Pedal",
la Banda Rerum Novarum, el Conjunto Teatral Rerum Novarum y,
en 1939, el Club Náutico El Timón.
Donde hoy funciona el
colegio Inmaculada Concepción, y en aquel entonces se
encontraba la estancia La Pebeta, en 1940 se inauguró
el campo de deportes el Chano. En esos años
los empleados de la fábrica empezaron a usar esa cancha
para practicar fútbol. Y unos meses después formaron
un equipo al cual, por razones lógicas, llamaron FLANDRIA,
y comenzaron a participar en el torneo de la Liga Lujanense.
Con los fines de fomentar práctica de deportes entre el
personal de la algodonera y sus familiares, al año siguiente
nació la idea de fundar un club.
El 9 de febrero a las
10.30 de la mañana varios vecinos de Villa Flandria se
reunieron en el salón Rerum Novarum para darle forma al
proyecto. El primero en tomar la palabra fue el señor
Armando Galcerán para explicar los fines de dicha
entidad, cuyos puntos principales se resumen en ofrecerle a la
población una institución popular que agrupe a
sus familias para desarrollar la vida social mediante actividades
culturales y la practica de deportes", según quedó
asentado en el Libro de Actas Nº 1.
Casi dos meses más
tarde se presentaron los estatutos que deberían regular
los derechos de los socios así como el compañerismo
y espíritu de unión. Luego de esta reunión
quedó conformada la primera comisión directiva
del CLUB SOCIAL Y DEPORTIVO FLANDRIA, entre los que se destacaban
José Delesie, como presidente, Alberto Echart, como secretario
y Alberto Perazo como tesorero.
En sus primeros años
de vida, el equipo de fútbol del club participó
en el torneo de la liga que se jugaba en el estadio Municipal.
En su primera participación se quedó con el título
de la división de reserva. Y al año siguiente,
tras mantener un invicto de 14 fechas se consagró campeón
de primera. Pero ante la negativa de las autoridades del certamen
de poder hacer de local en su estadio, en 1946, Flandria se retiró
de la Liga, y los dirigentes Echar, Galcerán y Delessie
comenzaron a gestionar la afiliación del club a la A.F.A.
Con todo acordado en los
escritorios, el 18 de mayo de 1947 Flandria jugó su primer
partido oficial en la 3º división de ascenso (hoy
Primera C), en la cancha de Almagro, frente a Alumni
de Villa Urquiza. En aquel partido que el equipo villaflandrino
ganó por 5 a 3, Titín Caricato se convirtió
en el primer jugador en marcar un gol oficial con la camiseta
amarilla y negra, con un potente disparo desde 25 metros, cuando
apenas iban 10 minutos de juego. Folgueira en dos oportunidades,
Brando y Cabral sellaron el marcador para Flandria.
Por
Pablo Laurelli para el sitio web oficial del Club Flandria |