Saber que hay un fin
Mi corazón marmolado.
Aurora. Triste. cadavérica.
Vacío embalsama un sentimiento.
Un sabor. Un veneno.
Mañana. Incertidumbre.
Busco (sin ser vista) mi naufragio.
- ¿ Qué haces soledad tan presente?
- ¿ por qué me habitas? me sofocas.
Ay, me embriagas!
Transito los sitios que se esfuman
con el tiempo.
Soy historia. Una historia inconclusa,
una historia hueca.
Bella. Mansa. -¿ Te ocultas?
- ¿ Por qué huyes?
Percibo en tu candil un susurro.
Se fulmina. Silencio.
¿ Nuevamente, Soledad?
Marcia Lo Feudo |
María Celeste Lo Feudo,
21 años, escritora, poeta, actriz y directora, pero sobre
todo soñadora made in Luján. Desde los 9 años
garabatea poesías, cuentos, obras de teatro, reflexiones
y hasta una película. Ha participado en diarios, suplemente
"De acá" (El Civismo) y Presnete Joven (Presente).
Incursionó en el drama con José Ithurrart, Martín
Taboada, Horacio Gabín, Víctor Bruno, Adrián
Canale, en el Instituto Ricardo Rojas y en Andamio 90 con Claudio
Tolcachir.
Participó en "Creerás en Milagros" de
José Ithurrart (94), Legión, de J.Ithurrart con
textos propios (95), "Nuestra Sra. de París"
de J. Ithurrart (95), Drácula, de J. I. (96), Los miserables,
de J.I. (97), Metáfora, textos propios y dirigido por
Martín Taboada (98).
Obtuvo distintos premios literarios: Feria del Libro Luján
93, Luján 94. Torneos Juveniles Bonaerenses, Salón
Poema Ilustrado ATUNLU, Concurso Zona FRanca y en Radio Universidad
Nacional de Luján.
Participa de distintas asociaciones literarias de Luján. |
LUCIANO CARLOS CAVIDO
Vive en la ciudad de Luján en la calle MARIA ESTER PEREZ
983 BARRIO EL TREBOL. Su e-mail de
contacto: lucicarlos@hotmail.com Nació el 1 de abril de
1980
Es músico compositor y escritor.Tuvo la oportunidad de
salir premiado tres
veces consecutivas en el libro de los Oyentes de Zona Franca
en los años 2000-2001-2002.
Formó conjuntos floclóricos como LOS DEL BUEN AIRES,
junto con su recordado amigo Pablo Sebastian Isola ( gran guitarrista
instrumental). Actualmente trabaja en dos proyectos literarios.
Nos envía un cuento psicológico, breve pero que
nos
deja inmersos en la eternidad del mensaje. |
Esa noche, Tomás escapó
de la boca del subte, como quien se libera de un vientre materno;
con el mismo miedo inconsciente a la luz de lo aún desconocido.
No tuvo su buen día habitual(o lo que él consideraba
buen día), pero tampoco hizo mucho para encontrarlo. A
sus treinta y siete años se veía muy avejentado.
Su cabeza desabrigada por una precoz calvicie, se defendía
de las miradas ajenas tras una boina marrón con dos iniciales
bordadas en rojo: J V.( Jesús vive). Todo el viaje lo
dedicó a su rutinaria misión de los números,
que nunca cierran con la misma llave inviolable de nuestro cansancio.
Subió los peldaños hacia el primer piso de la ciudad,
y sus cálculos se ahogaron en el mar de gente, que con
su tormenta golpeaba fuertemente contra los contenedores peñascos.
Tomás se confundió entre caras sin rostros, y como
el tiempo, atravesó su soledad hasta llegar a un bar escondido,
detrás del humo fantasmal de los que lo habitaban. Aunque
varios, cada uno era su propio invitado. Parecía como
si esos hombres hubiesen tendido sus almas sobre las mesas, a
menester de alguna compañía que nunca llegaría.
Solo el cigarrillo y el vino eran los dueños de sus cuerpos.
Al ver entrar a Tomás, el silencio se agudizó en
sus miradas y por un instante, sintieron que el extraño
hombre era una alucinación más que se burlaba de
sus estados deplorables. Levantándose bruscamente de su
silla, un tal
Eleazar Kaminski, con su puño derecho cerrado como escondiendo
en él las piedras de su ira, para arrojárselas
a Tomás, lanzó un grito entre tembloroso y fantoche
que en vez de asustar entristeció. Era un viejo Hebreo.
Levaba un rostro tan arrugado por los años que de lejos
se podía apreciar que el hombre era todo un sabio. Traía
colgado como un trofeo de su historia, una medalla con la imagen
del Candelabro de Siete Brazos del pueblo judío y su religión.
La misma que sostuvo con su mano izquierda, para defenderse de
la presencia de Tomás. Igual que un crucifijo extendido
ante el acercamiento de un vampiro.
-¿Qué le sucede buen hombre?; le preguntó
Tomás. Y sus ojos pintaron un gesto de compasión.
Eleazar, al comprobar que aquella persona no era producto de
su locura, se quedó paralizado con su grito todavía
retumbando en el aire, chocándose con
la pregunta de Tomás.
-Nada- murmuró. Bajando la cabeza, como quien busca desahuciadamente
su
dignidad.
Y volvió a sentarse, con un perdón entre los dientes
que apenas él mismo
pudo escuchar.
Tomás lo observó unos segundos y luego se acercó
a su mesa. El seguía con la
cabeza hacia abajo, mirando fijamente su vaso con vino.
-¿ Me permite, por favor?- preguntó Tomás
con incertidumbre.
Después de unos segundos, Eleazar, afirmó con su
cabeza reposada entre las
manos.
Tomás corrió la silla para tomar asiento, al mismo
tiempo que cuestionaba:
-¿Hace mucho que visita este lugar?-
Y el silencio continuaba fielmente posado sobre los labios de
Eleazar.
- ¿ Está esperando a alguien?- insistió,
mientras mirando a su alrededor se
acomodaba su saco gris.
De pronto, Eleazar levantó su rostro del turbio reflejo
que el vino en su
vaso le producía y con una lánguida mirada de
felicidad le contestó:
- No, alguien está esperando por mí-
Tomás creyó entender esa respuesta como una evasión
a su compañía. Y
ecuánime le pidió disculpas por su osadía.
- No quise molestarlo- dijo.
Al escucharlo, Eleazar corrió tras la sombra de sus palabras
como
escapándole nuevamente a la hipnosis del espejo distorcionador
del vino y le
replicó:
- No, no me mal interprete señor. Lo que quise decir no
niega su compañía.
Va mucho más allá de usted, de esta mesa, del mundo
que me da el alcohol y
del que tengo que soportar.-
Mientras hablaba, de sus ojos brotaban dos vertientes que desembocaban
por
entre los laberintos de su extensa barba nevada por el tiempo.
Que por
cierto, llevaba como un amuleto que más que lucir, ocultaba
su rostro. Pero
solo un tanto más o algo menos que cualquier otro ser
humano.
- Cuando tu vida se torna espera, no eres tú sino ella
quien encuentra.-
dijo.- Y cuando eso sucede, pocas veces nos llama a compartir
ese hallazgo.
Y yo no soy una excepción.-
Sus manos eran dos vendas que intentaban esconder las heridas
abiertas de
sus ojos.
- Nunca supe darme cuenta o quizás por saberlo nunca quise,
(que al final
declara la misma cobardía) que mi puerta era oíble
ante el llamado ajeno de
mis propias manos(siempre guiando con fuerza tu debilidad, pero
nunca tu
propia fuerza) pero muda a los golpes que ellas parían;
Con él mismo coraje
que te ofrece la soledad en una isla desierta. Pero ya todo esto
es una
oquedad. Tanto en mis palabras como en el espacio en donde se
alojaba mi
vida.-
- ¿ Pero usted cree que su vida ya encontró lo
que buscaba? Preguntó
intrigado Tomás, mientras le acariciaba la espalda de
su presente, como
queriendo calmar su pasado.
- Seguramente que si. Hace once años que no tengo noticias
suyas y ya no me
quedan celdas vacías para apresar ni uno más.-
Y la censura de la emoción le
impidió seguir desahogándose.
Llore, buen hombre. - Le dijo Tomás- Deje en libertad
tantos años inocentes
y respirará más aliviado.-
Mientras tanto, desde un espacio indescifrable del silencioso
bar, una brisa
de la esperanza capturó los acordes de la breve pero eterna
Melodía Nº .38 , Nº. 3 de Grieg; para posarlos
sobre los años que aún no nacieron para Eleazar.
Tal vez como una manifestación de Dios, intentando abrigar
el desamparo que le generaba tanta incredulidad. Al oírla,
Eleazar se elevó de su silla hacia las alturas de la música,
y
sostenido por ella se balanceó una y otra vez, mientras
una y otra vez ella
terminaba y volvía a empezar, a las ordenes de los pasos
bailarines de él.
Tomás lo observaba, resistiéndole al cansancio
de sus ojos, por la alegría
de verlo muy lejos de su letargo de minutos atrás.
Así, la luz del amanecer lo encontró. Mientras
que Tomás yacía sobre la
mesa, mecido por el piano eterno de Dios.
Al despertar y ver la misma imagen de Eleazar, creyó no
haberse dormido,
porque el bar conservaba su sombría naturaleza de velorio
y sus habitantes
en sus mesas parecían un cuadro pintado la noche anterior.
-¡Eleazar... Eleazar! ; le dijo azorado Tomás. Refregándose
los ojos
con las dos manos una y otra vez - ¿cuánto tiempo
hace que estoy aquí?.-
Al escuchar la pregunta, Eleazar regresó al suelo de su
realidad, pero ya
sin ser el mismo. Entre tanto la música se alejó
de sus brazos más
agradecida que ofendida por tan brusca interrupción.
No lo se.- dijo Eleazar con una leve sonrisa – ...Respire
aliviado.
Tomás le correspondió con otra sonrisa.-
II
Tomás era empleado de
una compañía de seguros, que (oh paradoja del destino)
no prometía mucho tiempo más de vida. Los exiguos
clientes que tenía, se iban extinguiendo a medida que
su fama de “seguro inseguro; ,(adjetivo por cierto
inequívoco) se masificaba a través de los comentarios
de quienes experimentaron más de una vez, la espera de
un socorro que nunca llegó. Su dueño se llamaba
Miguel Macarra; un ser excesivamente avaro. Capaz de matar a
su sombra con tal de llegar primero. Su gran capacidad de dominio
explotador, forzaba al personal a husmear hasta en los tachos
de basura, con tal de encontrar los desechos de las grandes compañías
que se alimentaban de la tranquilidad de la gente mejor alimentada.
En su maletín, Tomás llevaba los pocos bálsamos
que quedaban para salvarla,
aunque fuera solo por un tiempo, del inminente quiebre; Con la
amenaza superior de no poder volver a pisar la empresa si no
fuese con la firma de un nuevo asegurado. Así fue como
entró armado a ese bar: Con la intención hecha
espada, con su boca en el gatillo. Dispuesto a ser tentado por
lo prohibido. Siendo que por su situación no podía
descifrar la diferencia que había entre el río
de utopías que vemos pasar y el tieso rostro madre con
que asomamos en él. Eleazar pudo percibir ese límite
en sus ojos y como un zahorí de la experiencia, le dijo:
- Bajo el agua y bajo la tierra, tierra y agua coexisten. Solo
el hombre es mortal.- y continuó- Porque la corriente
de su espejo río es el imán de su mirada y él
no se resiste a ella, por miedo a perpetuar su verdadero rostro.
El oculto.- Entonces Tomás pensó en voz alta con
expresión dolorosa: - Si, el oculto miedo-
De pronto, Como de otro cielo, un ángel negro bajó
hacia el bar en busca de
quien sabe que tipo de alimento.- Otra vez no por favor, otra
vez no- murmuró preocupado Eleazar.
Era un ser sin sombra, con ojos amarillos brillantes que se burlaban
del propio sol y que impedían mirarlo a la cara. Silenciosa
como él, su altura iba aumentando a medida que se acercaba
a la mesa en donde Tomás y Eleazar estaban. Sus colmillos
se confundían con una verdosa y espumosa baba que le sobresalía
por su boca. El aliento del lugar ya no sabía igual. Porque
el perfume de la muerte, como un jácaro, colmó
el espacio cobarde del bar. Las demás personas no se inquietaron
en lo más mínimo al ver aparecer al espectro. Acostumbrados
quizás, solo quizás, a la visitas reiteradas de
forasteros que nunca preguntan a donde llegan, por miedo a reconocer
lo lejos que han quedado de su primer paso en la partida.
En cambio Tomás y Eleazar, quedaron tan atraídos
por el extraño ser, que sus cuerpos sufrieron una Perlesía.
Esta es la privación del movimiento del cuerpo. Una debilidad
que no lograron entender. El frío del lugar no era tan
intenso como el que sintieron ellos al ver sus rostros reflejados
uno en cada ojo del misterioso observador. Ese frío era
contradictorio con las imágenes que estos proyectaban
: Un fuego dantesco quemándolos vivos.
- Hoy supe pensar que con el
tiempo podré ver a la muerte como una
necesidad.- Le Dijo Eleazar con voz furiosa al ángel
que se le acercaba- Hoy tengo lo que necesito para vivir: Los
Años. Mañana lo que necesite para morir: La Vida.-
Pero el ángel continuaba avanzando. Sordo a la esforzada
capa de heroísmo con que Eleazar intentaba ocultar su
indefenso cuerpo y el de Tomás. De pronto un estruendoso
grito nació desde el fondo del extraño ser y Eleazar
voló empujado hacia atrás. Cayendo bruscamente
al suelo, atraído quizás por las fuerzas de un
infierno enemigo.Al ver a Eleazar en el piso, Tomás se
levantó sobresaltado de su silla y fue
a auxiliarlo. Estaba inconsciente por un gran tajo en la cabeza
que no dejaba de sangrar.
¡Eleazar...Eleazar, despierta!- .Gritaba, mientras esperaba
que alguna persona viniera a ayudarlo. Pero Eleazar no respondía.
Todos continuaban en sus mesas observando como a la nada los
desgarrados llamados de Tomás. En un momento voltió
su mirada en busca del ángel asesino. Pero para su asombro,
solo encontró la misma imagen de un bar tan humano como
su resarcimiento. Salvo que un misterioso hombre, excesivamente
alto, luminosamente rubio, de ojos celestes y tez muy blanca,
lo miraba irónicamente mientras que sus pasos retrocedían
lentos hacia la puerta. Tomás, aunque le sorprendió
su altura, no se detuvo mucho tiempo en él. En cambio
continuó la lucha inútil de reanimar a su compañero.
Sus reiterados llamados eran escusas para no aceptar la realidad.
Eleazar estaba muerto. Sus ojos abiertos conservaban una expresión
de espanto, que Tomás solo pudo calmar cerrándole
los párpados con su mano derecha mojada en lágrimas.
Al volver la vista hacia la puerta, el anciano ya cruzada el
umbral del bar.
Tomás se ahogó en su gritó de ayuda que
el anciano no aceptó escuchar, desapareciendo.
Hace más de cuatro meses que Tomás está
sin trabajo. Renunció a la compañía con
la esperanza de hallar uno mejor. En donde no traten a sus empleados
como ratas hambrientas. No volvió más a pasar
por el oculto bar. Quizás por miedo a encontrarlo. Aveces
piensa que sin la ayuda de Eleazar hoy también él
podría estar muerto. Siempre se pregunta quién
sería ese hombre misterioso que lo observaba ciegamente.
Alejándose de su situación. Y por qué las
demás personas tampoco reaccionaron desde un principio.
Pero luego le resulta todo producto de su imaginación.
Aunque cuando llega la noche, lo desvela una frase que lo vuelve
a llenar de dudas. ¿ Por qué Eleazar dijo
al ver al ángel negro?: Otra vez no por favor, otra vez
no.-
FIN |